Caracas marginal y de prejuicios

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Si has pasado por Plaza Venezuela, seguramente conoces, o al menos has transitado, frente al mercadito que está al lado de la salida de metro que conduce hacia la Gran Avenida. Para ser exactos, frente al edificio del Sebin. Llama la atención la marginal infraestructura del mercadito que hace ruido ante los imponentes edificios que rodean la zona y, más aún, porque Plaza Venezuela es de esas pocas zonas de Caracas donde, a simple vista, no se ven los particulares ranchos de la ciudad.PhotoGrid_1405404646653Con regularidad almuerzo en un restaurante self-service clase media de la zona y, a pesar de que no suelo ser de esos que hacen amistad con el personal, sí respondo las “buenas tardes” y reconozco a los empleados. Hoy, a eso de las cinco de la tarde, mientras trataba de esquivar el tráfico de personas que normalmente se acumula en la acera que está frente al mercadito, la misma donde se toman las llamadas camioneticas que tienen como ruta San Antonio-Los Teques; decido adentrarme entre los pasillos del horrible lugar, para ahorrarme empujones e insultos. No es la primera vez hago esto, pero sí es la primera vez que encuentro un rostro conocido: uno de los empleados del restaurante, el chico que de lunes a viernes me sirve la comida.

Caminé más deprisa, creo que no reparó en mi presencia, pero el encuentro hizo que me preguntara por la situación económica del chico, y el porqué estaba allí. Un pensamiento que surgió de la contaminación de prejuicios que rodea la sociedad caraqueña a la cual pertenezco. Comencé a especular: ¿Trabaja medio tiempo en el restaurante y medio tiempo en un local del mercadito? ¿Será algún local de la familia y para “matar tigrito” trabaja en el restaurante? Lo cierto es, que siempre lo veo sonriendo.

Esta situación del doble trabajo es común en nuestro país, lo sabemos. Pero se ha convertido en un hábito tan fuerte que lo aceptamos con naturalidad, y muchos, viven felices así. Después de este breve episodio, observé bien el lugar y noté cosas que no había visto antes, entre ellas algunas peluquerías, un lugar de pedicure donde todo el mundo ve el trabajo que hacen sobre tus pies, una frutería y unas licorerías. Eso, además de los numerosos locales que venden accesorios para celulares, ropa, entre otras cosas. De inmediato llegó a mi cabeza un artículo fotográfico que vi hace poco sobre la famosa Torre de David de La Candelaria, el llamado “barrio más alto del mundo”. Aunque esto no puede compararse en tamaño, sí tiene mucha similitud en cuanto a concepto. Ambos son lugares marginados que no encajan en el ecosistema urbano, pero que ya forman parte habitual del ojo que se acostumbra a transitar.PhotoGrid_1405404702142

Yo mismo, cada vez que uso a ese mercadito como referencia, lo llamo “el mercadito de los buhoneros”, lo cual es un error, en teoría. Si entramos a sitios web como OLX, encontramos locales en venta ubicados en ese lugar, con todos sus papeles en regla. Ahora bien, de allí a saber si pagan impuesto, no tengo la respuesta. Pareciese que no, pero nuevamente es el prejuicio lo que levanta la voz en mis pensamientos.

Caracas es una ciudad así, loca. Donde el rico tiene al marginado como un adorno desde su ventana, y el rancho no siempre significa clase baja porque en muchos de ellos hay televisores con tecnología 3D que yo mismo, que vivo en un viejo edificio de clase media, desearía tener. Ni hablar de los edificios de Misión Vivienda, para nadie es un secreto que son los mismos barrios de zinc convertidos en concreto.

El chico del restaurante, tiene el léxico para trabajar en ese restaurante donde suelo comer, pero también, trabaja en el mercadito. El caraqueño común, que camina deprisa y no repara en nada, pero un día se detiene en ese local del mercadito donde trabaja el chico, y decide pensar quién es, no se le ocurriría que trabaja en un restaurante de reputación aceptada. Eso es lo feo esta ciudad, en un país polarizado, y donde la política nos ha vuelto desconfiados y críticos, nos acostumbramos a aceptar el prejuicio con naturalidad. Bienvenidos a lo feo de Caracas.

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